Papá, yo quiero ser futbolista…

Esta frase podría ser una bendición en cualquier casa en la que un hijo se la dijera a su padre, dado la afición que el pueblo español tiene por el deporte rey. No me hago ilusiones, ya sé que el fútbol sala no tiene ni de lejos el mismo tirón que su homónimo de césped, pero estas palabras fueron algo que se repitieron bastante durante unos años en mi barrio… tanto, que al final resultó que no eran ni una novedad ni sinónimo de futuro. Porque donde yo vivo, lo normal es ser obrero, o ser futbolista.

Yo fui uno de esos niños que lanzó esta frase allá por mis 10 u 11 años, y con dos hermanos que ya jugaban en las ligas del barrio, un padre que entrenaba a uno de los equipos, y varios familiares que también se vinculaban con el fútbol, la verdad es que cayó un poco en saco roto, y me valió un par de palmaditas de aceptación en la cabeza por parte de mi progenitor. Lo que se dice ilusión… ciertamente no le hizo mucha, aunque claro, siempre fue mejor eso a que le dijera que quería ser torero o astronauta (eso es lo que yo supongo, en realidad nunca hice la prueba, es una espinita que siempre se me quedará clavada, jeje).

En fin, que al final, sí que me dediqué al fútbol sala, y a ser futbolista, tal y como aquella tarde le dije a mi padre; de hecho, ahora ocupo el mismo puesto que ocupó él durante años, entrenando a uno de los equipos de primera categoría de mi ciudad, Segovia, y a un par de alevines de nuestro barrio (me encantaría hacer más, pero la vida no me da para ello). Empecé a jugar profesionalmente y parecía que tenía futuro, pero entonces me di cuenta de que la vida del futbolista de élite, profesional y llena de responsabilidades y vaivenes vitales que a veces escapaban de tu control no era para mí. Y renunciar a esa supuesta carrera sí que hizo un poco de mella en mi padre, que incluso me retiró la palabra algún tiempo, más desanimado que decepcionado, aunque luego volvió a sus sentidos. Y si lo hizo fue porque, realmente, comprendió lo que quería decirle y me vio feliz y satisfecho con mi vida.

Así que sí, yo soy uno de esos aficionados al fútbol sala (también a otros deportes, la verdad) a los que sólo les llama el deseo de jugar y disfrutar del juego, sin pensar en otros aspectos más serios. Para mí, practicar este deporte es sinónimo de entretenimiento y satisfacción, y en cuanto os cuente un poco más sobre él, seguro que lo entendéis también. Porque cuando un deporte significa para ti pasión y compromiso, y no una obligación, es cuando realmente puedes disfrutarlo.